viernes, 10 de septiembre de 2021

A PROPÓSITO DEL 11S

El último verano antes del virus que cambió nuestro mundo tuve la oportunidad de viajar a Nueva York. 
Durante cinco días recorrí Manhattan, casi siempre a pie, de sur a norte y de este a oeste. Y como no podía ser menos, acudí a la zona 0.



No lo hice movido por el morbo. Para mí, era algo así como una peregrinación. Las razones que me impulsaban a visitar el lugar eran tantas que darían para escribir diez artículos. Trataré de resumirlas en una: como muchos de vosotros, nunca olvidaré lo que estaba haciendo el 11 de septiembre del año dos mil uno. Lo mismo que el 11 de marzo de unos pocos años después.

En cuanto me aproxime al Trade World Center sentí pena. Y rabia. Y asco.

Turistas venidos de todas partes del mundo, sonrientes, muy sonrientes, se hacían fotos delante del monumento a las víctimas de aquel atentado bárbaro. Algunos, incluso, practicaban poses ridículas o trataban de invadir el espacio ocupado por los nombres de las víctimas.

Me aterra la banalización del horror. 

No caben en mi cabeza actitudes como la de aquella popular instagramer que se hizo una foto posando cual modelo en el campo de concentración de Auswitch. 

Así que cerré los ojos por un momento y traté de abstraerme del ruido. Incluso recité en mi cabeza una oración sin dios. Por tanto dolor. Por tanto sufrimiento. Por las víctimas que allí encontraron la muerte y las que habrían de encontrarla después, a miles de kilómetros de distancia, por la soberbia venganza de quien tiene en sus manos el poder de quitar vidas.

-------

Hoy he escuchado en un informativo que más de tres mil inmigrantes sin papeles trabajaron en el desescombro de la zona 0 tras el atentado de las Torres Gemelas. 

Eran los obreros más baratos. Ninguna autoridad les pidió el permiso de residencia para hacer un trabajo que nadie quería. 

La mayoría eran latinos. Después, algunos fueron deportados. Otros murieron.

Durante semanas respiraron productos tóxicos que con el paso del tiempo les provocaron cáncer, asma, enfisemas pulmonares, rinitis crónica, estrés postraumático, depresión...

La inmensa mayoría de los que continúan en Estados Unidos no han recibido la "green card", el permiso que les permite trabajar y residir en aquel país. Ahora, en el veinte aniversario del atentado, la siguen reclamando.

¿Esto era la globalización?





jueves, 29 de julio de 2021

ANIMALES COMO TÚ


Animales como tú (y como yo) es el título del libro escrito por Ismael López Dobarganes, uno de los cofundadores del famosísimo Santuario Gaia.


Si no te cuentas entre los millones de seguidores en redes sociales del santuario, ni tampoco has oído hablar de ellos en radio o televisión, te diré que el Santuario Gaia es un lugar en el que se recoge a animales de granja maltratados y explotados y se les ofrece una vida digna en la que solo su naturaleza dicta cuando han de morir, nunca el capricho o el interés económico de un ser humano.

En Animales como tú, Ismael López relata con un estilo sencillo y ameno algunas de las historias que han emocionado a sus seguidores, como la del toro Samuel o la mula Marieke, por citar solo dos ejemplos. Cómo se llevó a cabo el rescate de estos animales, las dificultades vividas en su adaptación al santuario y, sobre todo, la relación de amor establecida con el autor del libro son las hebras que tejen el hilo narrativo que dota de emoción a esta obra. Ismael López consigue transmitir al lector su inmenso amor a los animales y hace que las historias más bellas del Santuario Gaia, subtítulo del libro, sea en ocasiones dramática y en otras incluso cómica.

No busques literatura en Animales como tú. Pero si quieres pasar un rato entretenido leyendo un libro cargado de valores, no dudes en comprarlo. Está publicado por Duomo Ediciones y lo puedes encontrar en librerías y en la propia página web del santuario que enlazo a continuación. Por cierto, los magros beneficios que el autor obtiene por la venta del libro los ha donado a la fundación que lleva el nombre del santuario, por lo que con la compra del libro estarás además ayudando a mejorar las condiciones de vida de muchos animales, si no a salvarlas.


Nota: El modelo de la foto es mi Gordo, que a regañadientes y recién despertado de su siesta, se prestó a posar.

jueves, 22 de julio de 2021

SOBRE RESEÑAS Y CRÍTICAS: NO ES ORO TODO LO QUE RELUCE

Conversando en cierta ocasión con una reseñadora muy popular en cierta red social, me confesó que ella había comenzado a reseñar novelas en las redes con la esperanza de llegar a leer gratis. Y lo había conseguido. 

Son muchos los reseñadores que reciben lotes de libros de diversas editoriales. Si son populares, muchos más libros de los que pueden leer. Algunos, incluso, los revenden con el ánimo de darles una segunda vida y, por qué no, sacarse un dinerito. Nada hay que objetar a quien lee y anima a otros a hacerlo. ¿Nada? Bueno, quizá un pequeño detalle. En el pacto no escrito entre reseñadores y editoriales existe una clausula no escrita muy común en tantos otros ámbitos de la vida: no muerdas la mano que te alimenta.

Entre los reseñadores que, como yo, son a la vez escritores autopublicados se da también una costumbre colaborativa que ninguno suele declarar. Pongamos por caso que acabo de sacar mi última novela y quiero darle publicidad en las redes. Puedo enviarle mi libro a los cientos de reseñadores que pululan por el ciberespacio, pero el costo considerable de los envíos, y la poca probabilidad de que la mayor parte de ellos se dignen a redactar siquiera una breve nota sobre la obra de un escritor que no pertenece a la escudería de una potente editorial, hace este esfuerzo poco menos que inútil. Excepto si los reseñadores son escritores autopublicados como yo. Es ese caso, el principio de hoy por ti mañana por mí me garantiza un gran número de reseñas a las que tendré que corresponder con el paso del tiempo. Y, parece lógico que, si quiero obtener en el futuro comentarios favorables, me cuide muy mucho ahora de sacar el cuchillo de trinchar y despiezar esa novela que me han enviado y cuyo valor no sobrepasa el del papel que han usado para imprimirla.

Valga todo esto para explicar que no es lo mismo una reseña que una crítica. Por más que la mayoría de los reseñadores se vean a sí mismos como críticos. No, tampoco esos periodistas que escriben en la prensa de renombre y reciben un salario por sus artículo pueden considerarse críticos. Si eres un asiduo a sus publicaciones y únicamente encuentran espacio en ellas los autores de dos o tres editoriales, desconfía amigo lector.

Por cierto, yo no recibo libros de ninguna editorial ni regalo mis obras a otros escritores autopublicados para que me las reseñen. Y si comento la novela de algún amigo, lo digo.




lunes, 19 de julio de 2021

COMBATE POR EL CAMPEONATO DE PESOS PESADOS DE NOVELA NEGRA: LA NOVIA GITANA VS PROGENIE

A muchos nos pasa que al inicio de nuestras vacaciones estivales lo que más ansiamos es desconectar. Para lograrlo, este año he cogido en préstamo en eBiblio dos de las novelas negras españolas más aclamadas de los últimos años y me las he bebido una tras otra en apenas una semana. Y sí, he desconectado de la rutina, pero a la vez no he podido evitar comparar las dos novelas. Como escritor, también me gusta adentrarme en los territorios oscuros del noir, y a medida que iba adentrándome entre sus páginas, en mi cabeza se ha desarrollado un combate en el que era evidente que solo podía haber una vencedora. Y la ganadora ha sido...

No, tendrás que esperar un poco más para conocer cuál de estas dos novelas es para mí la mejor y por qué. Si te diré ya que las similitudes entre ambas son evidentes. Las dos son obra de escritoras: Carmen Mola es la autora de La novia gitana y Susana Martín Gijón de Progenie. Esto podría parecer circunstancial pero no lo es en absoluto, ya que las dos han elegido como protagonistas de sus historias a dos mujeres fuertes, que ejercen el mando como inspectoras en el Cuerpo Nacional de Policía, un terreno tradicionalmente dominado por los hombres, sin que les tiemble el pulso. Elena Blanco y Camino Vargas son dos mujeres entregadas a su profesión que en sus ratos libres disfrutan de la música, cantando en un karaoke la primera y bailando salsa la segunda. Las dos viven su sexualidad sin cortapisas. Y las dos se enfrentan a lo que parecen ser los crímenes de un asesino en serie recorriendo algunos escenarios típicos de dos ciudades españolas: Sevilla en Progenie y Madrid en La novia gitana.

En cuanto a la estructura de la trama, las dos autoras siguen el patrón que parece haberse convertido en norma en los últimos años: dividen la narración en varias partes que arrancan con saltos en el tiempo y el espacio a otra trama anterior o paralela a la principal y que nos va dejando claves para resolver el enigma de la autoría de los crímenes y su justificación. No es que tenga nada en contra de esta forma de desarrollar una historia, simplemente me resulta muy pesado leer una novela tras otra escrita de la misma forma. ¿No os pasa lo mismo?

Este combate tan igualado entre La novia gitana y Progenie, dos pesos pesados de las más reciente novela negra española, parece que solo podrá resolverse a los puntos. Sin embargo, una vez sobre la lona para mí gana por KO Progenie. El que sus páginas inviten a reflexionar sobre un tema candente en nuestra sociedad, y sin embargo tan poco tratado, como es la maternidad resulta un factor decisivo. Y no es el único. Susana Martín Gijón no se corta a la hora de dejar a los lectores toques de atención sobre cuestiones como el machismo, los nuevos roles de hombres y mujeres en nuestros días, la desigualdad o la exclusión social. Podría decirse que la crítica social impregna toda la novela, y yo como lector, igual que como autor, considero la crítica social totalmente necesaria. Además, el lenguaje de Susana Martín Gijón es fresco y recoge el vocabulario más castizo de la calle con acierto y estilo. 

Así pues Progenie tiene muchas razones para imponerse en este combate. Y un golpe letal y decisivo: el humor. A pesar de tratarse de una novela negra que cumple todos los cánones del género sin escatimar dramatismo, las pinceladas de humor que la adornan son el contrapunto genial, el golpe maestro. 

Ah, por si fueran pocas las similitudes, las dos novelas han sido publicadas por la misma editorial, Alfaguara, que apuesta fuerte por los nuevos talentos femeninos en el género negro con un rotundo éxito comercial.





 

jueves, 10 de junio de 2021

LA HORA DE LA ESTRELLA

En los últimos meses, por azar o quizá por alguna estrategia editorial nada disimulada, me   con Clarice Lispector en varios programas radiofónicos dedicados a la literatura. La injusta posición que la escritora brasileña nacida en Ucrania ocupa en el Olimpo literario latinoamericano del pasado siglo, por su condición de mujer, era unar referencia común en los críticos que alababan su obra. Yo, que en mi ignorancia no había tenido todavía un libro suyo entre mis manos, de inmediato me lancé a buscar los textos más destacados de entre toda su producción literaria y así llegué a esta pequeña novela.

En las menos de cien páginas de la edición de Siruela que he leído, ya que no puedo usar en este caso el verbo disfrutar, Lispector traza el retrato de la vida anodina de una joven, Macabea, la norestina. Es Macabea una pobre de solemnidad, pues su pobreza no es sólo económica, impregna todo su ser como fruto de una crianza desgraciada digna de un relato de Dickens. Y pobre y triste, muy triste, resulta su historia en la que entran y salen unos pocos personajes. Su pretendiente, un muchacho tan pobre como ella pero henchido de ambición, mezcla mezquina a más no poder, llamado Olímpico de Jesús. Y su compañera de trabajo, Gloria, una mulata cuyo nombre hace honor a su físico y que es el contraste de Macabea, lo mismo que el negro destaca sobre el blanco.

Pero quizá el principal personaje no sea ninguno de aquellos con cuyos hilos entreteje Lispector su historia. La originalidad de la novela reside en que el escritor se convierte en narrador y con ello rompe la cuarta pared como si de un personaje más se tratara.

En cuanto a la escritura de Lispector, siempre poética, es precisa y certera sin perder por ello su capacidad evocadora de imágenes y sensaciones. Esta es para mí la principal cualidad de la novela y por la que os invito a leerla.



sábado, 15 de mayo de 2021

DE PROFUNDIS

De profundis es una obra de singular belleza animada por un trágico e inmenso dolor, el que anima a un hombre a seguir viviendo después de perderlo todo, absolutamente todo.

El hombre al que hago referencia no es un hombre cualquiera. Oscar Wilde dirigió esta extensa carta a su amante, el entonces aspirante a escritor y poeta, Alfred Douglas, desde la celda donde fue encarcelado por su homosexualidad. Wilde, en la cumbre de su carrera literaria, se vio inmerso en un litigio con el padre de su joven amante. Y lo perdió, vaya si perdió...  

Oscar Wilde no solo perdió la libertad durante los tres años que permaneció encerrado entre muros y barrotes. Perdió su fama. Perdió su riqueza. Perdió a su esposa e hijos. Perdió el mundo hermoso del color y el movimiento en el que él era arte y el Arte hablaba por su mano. 

Con todo, a pesar de la desgracia que se cernió sobre la vida de Wilde en el instante en que conoció a Bosie (apelativo cariñoso con el que designaba a su joven amante), no es el rencor el motivo que le impulsa a escribirle. Sí, es cierto que le dedica epítetos como vanidoso, disoluto, manirroto o superficial. Sí, Wilde reconoce que su relación le sumió en una total degradación ética. Pero, en el fondo de De profundis, el genial escritor irlandés clama por el amor perdido, perdona al culpable de sus desgracias, renuncia al odio y tan sola reprocha al amante su silencio, su desapego, el que no sea capaz de hacer un mínimo gesto que venga a aliviar la inmensa tristeza que embarga a Wilde en la soledad de su infortunio.

Para entender mejor la obra, conviene recordar que Wilde se vio atrapado en un enfrentamiento visceral entre Alfred Douglas y su padre, el marques de Queensberry. Este último, un personaje peculiar de la sociedad victoriana de finales del siglo XIX, fue popular como creador de las reglas del boxeo moderno e hizo gala de un ateísmo extemporáneo y un carácter mujeriego que le granjeó el odio de su hijo. El marqués, a pesar de ser él mismo merecedor del hipócrita rechazo de la clase alta victoriana, se erigió en paladín de las buenas costumbres al regocijarse en la destrucción de la figura de Wilde, el dramaturgo de mayor éxito en décadas, un espíritu crítico de ideas cercanas al socialismo al que convirtió en un artista perverso e inmoral, logrando con ello castigar a su mezquino y caprichoso hijo al que despreciaba.

La prosa de De profundis es vibrante. Todas sus páginas, en especial la primera mitad de la obra, rezuma emoción y la sabiduría profunda de quién todo lo ha vivido y ya nada espera. La metáfora del jardín dividido en dos partes, la soleada y la sombría, el placer y el dolor, que Wilde ha tenido que conocer para convertirse en un artista completo, en un ser humano completo, me parece sublime.

Podría dejaros aquí una infinidad de citas, pero como espero que esta reseña sirva para acercaros a la obra con ganas de devorarla, en el mejor sentido de la palabra, me limito a incluir estas dos:

«Rechazar las propias experiencias es detener el propio desarrollo. Negar las propias experiencias es poner una mentira en los labios de la propia vida.»

«Deliberadamente y sin que yo te invitara te metiste en mi esfera, usurpaste allí un sitio para el que no tenías ni derecho ni cualidades, y cuando mediante una persistencia singular, haciendo de tu presencia parte de todos y cada uno de los días, conseguiste absorber mi vida entera, no supiste hacer nada mejor que romperla en pedazos.»

De profundis está editado por Siruela.





domingo, 21 de marzo de 2021

LA VIDA JUEGA CONMIGO

Lo primero que pensé al oír hablar de la novela de David Grossman fue «¡Qué buen título! Ojalá se me ocurrieran títulos tan buenos como este para mis novelas». Sucedió mientras escuchaba en RNE una entrevista a su traductora, Ana María Bejarano, en la que describía con pasión como había sido el proceso de traer al español el texto original en hebreo y, en especial, el fin de semana compartido con el autor junto a otros traductores a diferentes lenguas. Grossman, lejos de desentenderse de su obra una vez publicada, mantiene encuentros con sus traductores para trasladarles los significados precisos y profundos de cada giro o expresión utilizada, de cada metáfora, de cada pieza del puzle, en definitiva, que compone la novela a fin de preservarlos en su mudanza a otras lenguas.

Mi segundo pensamiento durante la entrevista admiró a la traductora por tener la posibilidad de compartir de esa forma una obra con su autor. Y no hablamos de un autor cualquiera, sino de un ganador del Booker y permanente candidato al Nobel. Un escritor que se toma tantas molestias merece ser leído y La vida juega conmigo es una excelente oportunidad para comenzar a hacerlo.

Así fue como la novela llegó a mis manos y ya no pude soltarla hasta leer el último agradecimiento de los recogidos al final de la novela. Y es que La vida juega conmigo es una novela magnífica, que te atrapa y, pese al deseo constante de leer más, te invita a detenerte y releer párrafos enteros para saborear como se merece la cuidada prosa de Grossman.

No hay nada en La vida juega conmigo que desentono o flaquee. Su construcción es excepcional. Sus personajes son tan reales que casi puedes sentir su respiración a tu lado durante la lectura. Y la trama, inspirada en una historia real, es tan dramática y descarnada como emotiva y profunda.

La vida juega conmigo narra la historia de una familia judía. Tres mujeres de tres generaciones distintas marcadas por un acontecimiento terrible producido durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en los que la extinta Yugoslavia se sacudió el yugo soviético. La novela recupera un episodio histórico no muy conocido por el gran público: la creación por el gobierno del Mariscal Tito de sus propios gulags, a imagen y semejanza de los soviéticos, para reeducar a sus compatriotas acusados de simpatizar con el comunismo, todo por el bien de la doctrina socialista que le llevó a fundar el movimiento de países no alineados durante los años de la guerra fría.

Esas tres mujeres, abuela, madre y nieta, junto con el padre de esta última, hijastro de la primera y pareja de la segunda, viajan desde Israel a Croacia en busca de las respuestas que permitan curar las heridas que llevan décadas abiertas. Pero, para mí, sobre todo estamos ante una novela acerca del AMOR, así, en mayúsculas. Amor es lo que liga a los cuatro personajes de esta novela con lazos más fuertes que la sangre. Y amor es lo que trae al presenta al quinto personaje, el abuelo desaparecido, sobre cuya ausencia gravita, en cierta forma, toda la historia.

Y hasta aquí puedo llegar sin desvelaros nada. No perdáis la ocasión de leer La vida juega conmigo. Una novela como esta es de las que no se olvidan.

Ficha técnica:

La vida juega conmigo

Autor: David Grossman. Traducción de Ana María Bejarano.

Editorial Lumen, años 2020.

331 páginas.




jueves, 4 de febrero de 2021

A SANGRE Y FUEGO

Tras unos meses en los que escribir se me había convertido en un tarea casi titánica por razones diverssas, regreso con la reseña de una de las lecturas que más me han impactado en este tiempo: la edición publicada por Espuela de Plata de A sangre y fuego, si no la obra más conocida, quizá la más valorada de Manuel Chaves Nogales.

A sangre y fuego es una colección de relatos que nos sumergen en el horror de la guerra civil española. La voz de Manuel Chaves Nogales, un reputado periodista librepensador y defensor de la república, se alza potente y clara a través de estas historias escritas en 1937, durante su exilio en Paris, para invocar un conjuro: el de que nunca más vuelva a verterse sobre el suelo de su patria la sangre de centenares de miles de inocentes sacrificados. 

Chaves comienza el prólogo de su obra definiéndose a sí mismo de la siguiente manera: "Yo era eso que los sociólogos llaman un «pequeño burgués liberal», ciudadano de una república democrática y parlamentaria"; para desnudarse a continuación sin ambages alejándose tanto de los que ambicionaban el poder para mantener incólumes sus ancestrales privilegios, como de los que permitieron la corrupción de sus ideales hasta el punto de convertirse en el fiel reflejo de la maldad de su oponente, desdeñosos todos ellos de las vidas humanas segadas en la lucha, meras piezas prescindibles en la persecución de sus objetivos. 

A sangre y fuego lleva por subtítulo Héroes, bestias y mártires de España porque esos, y no otra cosa, son los arquetipos de los personajes que pueblan sus relatos. Podría haber dicho también "monstruos", pues monstruosas son muchas de las acciones de uno y otro bando que relata sin caer en ningún momento en el pecado de la equidistancia, todas inspiradas en la cruda realidad que relata con el espíritu notarial del fiel periodista que fue, tan injustamente olvidado en los manuales de literatura e historia. Testigo del horror, Chaves no dudó en señalar las semejanzas del terror impuesto por unos y otros, pagando por ello el precio de quedar relegado al olvido durante décadas, tanto por los vencedores como por los vencidos de aquel conflicto fraticida cuyas consecuencias pagaron generaciones enteras de españoles de toda ideología, incluso los que jamás pergeñaron en su cabeza otro pensamiento que no fuera el pelear día a día contra la miseria imperante para poder alimentar y dar una educación a sus hijos.

Chaves representa a esa tercera España a la que las otras dos le declararon la guerra por preferir alinearse con la causa de la razón, la libertad y la justicia antes que con la barbarie impuesta. La verdad desnuda que rezuma de sus páginas debería convertirle en un autor de lectura obligada para los jóvenes españoles. No hacerlo sería negarles la mayor y más grande lección de historia, ética y ciudadanía que un autor español del siglo XX puede impartir hoy desde sus textos. 

NOTA: El ejemplar que tengo entre mis manos y veis en la fotografía es una deliciosa edición ilustrada en tapa dura que recoge muchas de las fotografías e ilustraciones de los periódicos que publicaron originalmente los relatos que componen esta obra. Además, incluye un  prólogo de Andrés Trapiello que supone una excelente ventana para asomarse a la obra y conocer mejor al autor y sus circunstancias.

 



 

jueves, 26 de noviembre de 2020

25 DE NOVIEMBRE: DÍA INTERNACIONAL DE LA ELIMINACIÓN DE LA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER

Hoy es jueves, el día en que suelo publicar mis entradas y ayer fue 25 de noviembre. Me hubiera gustado dejar aquí un artículo respecto al maltrato a las mujeres, asunto tan candente como doloroso, pero llevo varias semanas con el brazo en cabestrillo y con dificultad apenas puedo escribir estas pocas palabras, así que os dejaré unos párrafos de mi novela Muerte de una cigüeña para mostraros mi opinión sobre el tema, en línea con lo que narra su protagonista, Aissata Salek.

 

<<La memoria es algo curioso. ¿Sabéis?, aunque creo que he llegado a dominar bastante bien vuestro idioma, a veces me cuesta encontrar las palabras necesarias para expresar lo que me pasa por la cabeza. Pues bien, ahora es una de esas ocasiones. Quisiera explicar cómo los recuerdos van cambiando con el paso del tiempo, cómo lo que una vez fue tan doloroso que hizo que deseara morir, un año después apenas es visto como un peldaño más en mi descenso hacia los horrores del infierno, pero no consigo juntar las palabras capaces de transmitiros lo que siento. Supongo que me cuesta sacar lo que he guardado tan adentro, pero os prometo que lo intentaré. Estoy obli­gada a ello. 

No sé si alguno de vosotros habréis tenido que enfrentaros a algo parecido. Me refiero a lo que me sucedió en la playa la noche en que dejé atrás Mauritania para nunca volver. Si sois mujeres, es posible que lo hayáis sufrido. Recuerdo ahora un día de invierno en Madrid, unas semanas antes de morir. Una lluvia repentina me obligó a refugiarme bajo el toldo de un quiosco junto a otras compañeras. Apretadas unas contra otras y agradecidas del buen corazón del quiosquero que nos permitía esperar bajo su lona a que dejara de llover, nos entreteníamos echando un vistazo a las portadas de las revistas que, perfectamente alineadas, componían un cuadro repleto de colores brillantes. Las que más nos atraían eran esas que llaman del corazón y muestran con grandes fotografías la vida de lujo y diversión de unos pocos privilegiados. Como unas chiquillas, nos reíamos comentando el peinado de esta o el bikini de la otra, que tan mal le sentaba con lo bien que le quedaría a cualquiera de noso­tras. En fin, mientras nos protegíamos de la lluvia olvidamos por un instante por qué estábamos en la calle medio desnudas y muertas de frío. 

Yo, como soy curiosa por naturaleza, no pude evitar apartarme un poco de mis compañeras y meter la nariz en alguna de las muchas publicaciones que tenía expuestas el quiosquero. Llevaba sin leer nada desde que abandoné a las monjas, y tantas palabras de tamaños y colores diferentes, hablando de cosas tan distintas, me excitaron tanto que empecé a leer aquí y allá lo que me iba encontrando sin criterio alguno que me guiase. Pasé de las revistas a los fascículos y de ahí a los periódicos que, aunque resultaban menos atractivos por su aspecto, escondían en su interior mucha más lectura, por más que la mayoría de las cosas de las que hablaban me resultaran descono­cidas. Sin embargo, hubo una noticia que llamó mi atención y no pude resistirme a leerla en voz alta. Alguien, un hombre, represen­tante de un organismo internacional, desde un despacho en algún lugar muy lejos de aquellas calles, había anunciado después de muchos años de trabajo sobre el tema que una de cada tres mujeres sufría violencia sexual o física por parte de los hombres durante su vida. Apenas la hube leído se hizo el silencio bajo la lona. En ese reparto del que hablaba la noticia, ninguna de nosotras estábamos dentro del grupo de las afortunadas. Como si las nubes me hubieran estado escuchando, la lluvia comenzó a caer aún con más fuerza. Mi desnudez era tan grande que el frío y la humedad se agarraron a mis huesos y me atravesaron el alma. Algunas nos cogimos del brazo, otras abrazaron a la que tenían más cerca, y así aguantamos el chaparrón, haciendo que la pena compartida fuera más soportable. No hubo ya bromas ni risas hasta que la lluvia aflojó y aparecieron nuestros chulos para devolvernos entre insultos y empujones al lugar en la acera que nos habían señalado.>>

 




 

jueves, 5 de noviembre de 2020

¿ES LA VIOLENCIA UNA FORMA LEGÍTIMA DE COMBATIR LA INJUSTICIA? MENGELE ZOO

Mengele Zoo es una expresión brasileña para indicar que una situación está fuera de control y es también el título de la mejor novela que he leído en los últimos años. Por supuesto que ambos, título y expresión, hacen referencia al siniestro doctor Josef Mengele, pero la historia de Mengele Zoo no gira en torno al holocausto nazi ni a los experimentos de quién fue conocido como el ángel de la muerte. La historia escrita por el noruego Gert Nygardshaug denuncia otro holocausto que viene desarrollándose durante décadas de una manera tan silenciosa como mortífera: la destrucción de las selvas tropicales. 

Las selvas tropicales son la principal reserva de vida del planeta. Y su destrucción trae consigo el genocidio de los pueblos indígenas que en ella habitan así como la extinción de miles de especies vegetales y animales. Este es el sustrato en el que Nygardshaug planta la semilla de la historia de Mino, un niño nacido en las profundidad de la selva amazónica, que logra sobrevivir a la masacre de su pueblo cuando deciden plantar cara a los gringos y terratenientes que arrasan sus tierras en busca de petróleo.

La venganza de Mino contra todos aquellos que destruyen el planeta buscando el beneficio económico propio sin importarles el daño ocasionado al resto de la humanidad es el tronco de la trama de Mengele Zoo. El recurso del personaje de Mino a la violencia más extrema para lograr su objetivo, acabar con los responsables de un ecocidio que pone en peligro el futuro del planeta, lejos de provocar rechazo en el lector le ensalza a la categoría de héroe.

Mengele Zoo, como las flores de un árbol amazónico, ofrece a los lectores momentos de una intensa belleza, pinceladas de realismo mágico y una riqueza descriptiva de especies vegetales y animales sin comparación posible con cualquier otra novela que haya leído (en ciertos momentos me ha recordado a Gerald Durrell, pero siendo infinítamente más ameno que este). Imagino que el proceso de documentación de Nygardshau. de quien dicen que gusta de viajar a Sudamérica y visitar excavaciones arqueológicas, ha sido tan extenso como riguroso, y se aprecia en su obra. 

Los lectores timoratos quizá no reciban bien esta obra, que en el año 2007 fue elegida como la mejor novela noruega de los últimos cien años. Y es que el autor no oculta en ningún momento su ideología (fue candidato en el partido RED noruego) y sus personajes no se muerden la lengua al denunciar la bajeza moral de los valores predominantes en nuestra sociedad: "Has matado. Te has convertido en un asesino y un criminal. Nuestra escala de valores para lo que realmente es un asesinato y un homicio no cuenta. La moral de quienes poseen el poder les ha lavado el cerebro a tres cuartas partes de la humanidad." (pág. 436)

No quiero terminar esta reseña sin destacar la hermosa cubierta del libro que coeditan con el esmero al que nos tienen acostumbrados Nórdica y Capitan Swing. No obstante, para próximas ediciones estaría bien que dieran un nuevo repaso al texto, ya que hay demasiadas erratas para un libro tan bien editado.

Espero con impaciencia las dos novelas que cierran la trilogía de Mino. Ojalá que sean traducidas al castellano y publicadas en España antes de que los propietarios de los derechos cinematográficos de esta obra las lleven a nuestras pantallas. 

NOTA: Hoy se inaugura en Barcelona la exposición fotográfica de mi admirado Gervasio Sánchez titulada "Activistas por la vida". Os dejo el enlace por si tenéis la fortuna de poder pasaros a verla.

http://artssantamonica.gencat.cat/es/detall/Activistes-per-la-vida


 

jueves, 8 de octubre de 2020

¿PUEDE LA NATURALEZA SALVARNOS DE NOSOTROS MISMOS?

No sé si tú, que me lees, alguna vez te has planteado la pregunta que encabeza este artículo. Yo, si te soy sincero, jamás había considerado algo semejante. Pero sí lo he experimentado. Así que mi respuesta a la pregunta del título es SÍ, un sí tan rotundo como las mayúsculas en las que lo escribo.

La pregunta viene a cuento del libro del que vengo a hablaros El sonido de un caracol salvaje al comer, escrito por Elisabeth Tova Bailey y publicado en España por la editorial Capitán Swing el pasado año, aunque la edición original en inglés es del 2016. 

Te aviso de  que este es uno de esos libros inclasificables que son capaces de enamorar a un lector dotado con un mínimo de sensibilidad, por diminuta que sea esta. Si alguien lo califica de ensayo, no miente. Pero pretender describirlo con la palabra "ensayo" es quedarse corto, muy corto, porque el texto de Elisabeth Tova Bailey rezuma poesía en cada línea. Y es que estamos ante un libro que hace estallar las costuras de los géneros. Que la obra fuese merecedora del premio NOBA, un galardón que otorgan en Estados Unidos a la literatura sobre la naturaleza, da una ligerísima idea de lo que aborda, pero El sonido de un caracol salvaje al comer es mucho más que eso. Porque, además de todo lo ya dicho, es también es un relato autobiográfico.

Tras escuchar un par de reseñas en la programación cultural de RNE, adquirí El sonido de un caracol salvaje al comer para la biblioteca de mi instituto con la idea de utilizarlo como libro terapéutico. El hecho de que la protagonista se enfrentara a una enfermedad desconocida que la postraba en la cama y adquiriera el hábito de observar al caracol salvaje que el destino le había regalado como compañero de viaje, me pareció una historia que merecía ser compartida con mis alumnos. No os niego que soy de esos profesores a los que cualquier excusa les parece buena para hacer reflexionar a los adolescentes sobre su propia vida y la de quiénes les rodean. Y el libro de Elisabeth Tova Bailey me permitía visibilizar de forma indirecta algunas de las emociones que experimentan aquellos alumnos con graves problemas de salud a la vez que me facilitaba una herramienta capaz de ensanchar la perspectiva del resto de sus compañeros y, por qué no, desarrollar su empatía.

Hoy puedo deciros que el libro no me ha defraudado, muy al contrario. Creo que es este uno de esos libros a los que puedes regresar en cualquier momento, abrirlo por cualquiera de sus páginas, y encontrar un breve instante de disfrute en su lectura sea cual sea tu edad y condición.

Y sí, el libro habla de la vida y costumbres de los caracoles salvajes.



NOTA: Si después de leer este libro deseas saber más sobre la sorprendente vida de los caracoles, te recomiendo que visites este blog:

jueves, 1 de octubre de 2020

TODOS LOS POLÍTICOS SON IGUALES



Todos los políticos son iguales. Llevo meses escuchando esta afirmación en foros de internet y redes sociales en los que se iguala a unos y a otros en ineptitud y desidia en la defensa de los intereses generales. Incluso uno de mis escritores actuales más respetados, Antonio Muñoz Molina, se permite repartir estopa sin reparos a diestra y siniestra del espectro político en su artículo del pasado domingo en el semanal de El País, cuyo enlace comparto con vosotros al final de esta entrada. 

Aunque coincido en lo esencial con la tesis de Muñoz Molina, sin embargo, creo que no entra en la raíz del problema: tenemos los políticos que merecemos. A los que hemos votado o a los que hemos dejado gobernar en nuestro ayuntamiento, en nuestra comunidad o en el gobierno de la nación no yendo a votar a otras opciones políticas entre las muchas que se presentaban porque todos los políticos son iguales

Los ciudadanos españoles tenemos los políticos que merecemos cuando dejamos que la política sea cosa de otros y no nuestra. Cuando preferimos la comodidad de nuestro sofá frente a la participación activa en los asuntos que nos atañen, estamos dejando nuestras vidas en manos de incompetentes arribistas fruto del sistema de valores que predominan en nuestra sociedad. Tampoco podemos olvidar que un sistema de valores en el que se admira el triunfo fácil y rápido y se ridiculiza el fruto del esfuerzo continuado, se promueve el nepotismo frente al mérito y se engrandece la popularidad al tiempo que se ignora el prestigio es terreno abonado para una clase política más preocupada por su bienestar que por el de los gobernados. Que tire la primera piedra aquel que nunca haya celebrado alguno de estos anti-valores.  

Debe ser herencia del franquismo, cuando la política era un asunto de jerarcas y significarse políticamente fuera del ideario del régimen era una actividad de riesgo, esta costumbre española de pensar que la política es eso que hacen otros y nunca lo hacen bien. Sobre todo si esos otros no son de los nuestros. Porque para algunos, las ideas políticas son una afinidad, una afiliación emocional que se lleva desde el nacimiento hasta la muerte y de la que no se mueven sino es para caer en el desaliento de todos los políticos son iguales

No, amigo que me lees, de nada sirve decir que todos los políticos son iguales como si eso bastará para desvincularte de tus responsabilidades. En una democracia los ciudadanos están obligados a ejercer el control de sus políticos. Y es profundamente irresponsable votar con la mentalidad del hooligan o quedarse en casa dejando que sean otros los que decidan por uno mismo. Si tú nos les vigilas, si tú no castigas con tu voto, e incluso tu voz en la calle, sus incumplimientos, ¿cómo esperas que ellos vayan a cumplir la función para la que los elegiste?

Y sobre todo, si no cumplen, ¿por qué no pruebas con otros? O mejor aún, ¿por qué no lo intentas tú? Yo os aseguro que lo intenté. Pero ese asunto daría para otro artículo. 

Lo que quiero deciros es que, a pesar de la decepción vivida, sigo creyendo que nosotros, los hombres y mujeres que pagamos impuestos y nos esforzamos cada día por seguir a flote en medio del maremoto que nos asola, tenemos el poder de renovar nuestra clase política. En momentos de crisis como este es cuando más se necesita a la sociedad civil en la primera línea de combate contra los vicios de la mala política. La dimisión de Emilio Bouza, el prestigioso catedrático de medicina elegido de manera consensuada por el gobierno de la nación y el de comunidad de Madrid es un triste ejemplo de lo que puede ocurrirte cuando das un paso al frente. Los políticos no suelen tratar bien a los civiles que se inmiscuyen en su terreno y pretenden conservar la independencia, pero no hay alternativa. Hacen falta miles de personas honradas y cabales dispuestas a trabajar por el bien de todos. Personas dispuestas a anteponer el progreso de la mayoría frente a los privilegios de unos pocos.

¿Eres tú uno de ellos?

NOTA: Este es el enlace al artículo de Antonio Muñoz Molina en el País

viernes, 25 de septiembre de 2020

SALAMANDRA

 Tú, que me lees con atención, te habrás dado cuenta de que este blog no es el típico blog de escritor en el que se dan consejos sobre escritura y se habla de novelas de género (habitualmente el mismo que trabaja el autor). En este cajón de sastre cabe la poesía, el relato, la opinión sobre lo divino y lo humano (incluida la política) y, por supuesto, reseñas. La única condición que tienen en común todas las publicaciones de este blog es que yo soy el autor de todos los texto y las fotografías.


Hoy quiero dejaros un relato. Le he titulado Salamandra, aunque en realidad no tiene título porque este va a ser la primera vez que lo presente separado de su texto original. Me explico...

Incluir un relato dentro de mis novelas es para mí algo así como una firma. No es que estos relatos sean algo ajeno al texto de la novela, al contrario, intento que estén perfectamente imbricados en ellas. Pero, al mismo tiempo, me gusta imaginarlos dotados de vida propia, más allá de la narración completa, y que puedan ser leídos como una unidad sin fisuras lejos de las páginas del libro que les vio nacer.

El relato que os traigo apareció en mi primera novela Los niños rata (Villaverde Blues). Con él, pretendía aportar unas pinceladas de lirismo a la crudeza de la trágica historia de Othmane, uno de sus protagonistas. Opino que en la literatura, igual que en la cocina, los contrastes siempre enriquecen. Y, más allá del binomio dulce-salado, existe un mundo de agridulces por explorar. 

¿Me acompañas?


SALAMANDRA

Allá, en Tetuán, había un rincón en el que siempre me sentía feliz. Estaba en la medina, al fondo de un callejón encalado de azul. La casa de mis abuelos estaba justo a la entrada del callejón y al fondo vivía una señora extranjera, no sabía si francesa u holandesa o algo así, que cuando se cruzaba con mis abuelos, les saludaba con un acento raro. Mi abuela nunca devolvía sus saludos, simplemente la ignoraba, y mi abuelo respondía con una ligera inclinación de cabeza. Mis abuelos nunca querían hablar de ella y no les gustaba que tuviera trato conmigo, por eso siempre me advertían de que si la extranjera salía a fumar a la puerta de su casa, yo debía regresar inmediatamente a la suya. Pero yo quería saber más de aquella señora que debía tener más o menos la misma edad que mi abuela y, que sin embargo, era tan diferente a ella. Cada vez que iba a visitarlos, yo les pedía permiso para salir a jugar fuera. Dando patadas a una piedra o conduciendo un tapón por carreteras que imaginaba entre las grietas del suelo, el juego siempre terminaba al final del callejón. La primera vez me sorprendió buscando mi piedra entre las macetas de geranios rojos, rosas y amarillos y la enorme mata de hierbabuena que crecía en un cubo de metal. Ella llevaba los labios pintados de color rojo y los rizos rubios le caían sobre un lado de la cara dejando al descubierto solo un ojo, de color verde, maquillado con una pintura que dejaba el párpado pintado de una tonalidad parecida a la del ojo y rodeado de un espeso marco negro que lo hacía resaltar y que tapaba en parte algunas arrugas. Eso fue lo que me impidió darme cuenta aquella vez. Ella hablaba con voz muy suave y sujetaba un cigarrillo entre los dedos de su mano izquierda. Yo pensé que me iba a regañar por haber tocado sus macetas, pero en lugar de eso se agachó y sacó una piedra blanquísima y plana, mucho mejor que la que mía, de detrás de un geranio lleno de flores. Después se levantó y le dio una calada profunda al cigarrillo, como si mientras fumara estuviera considerando qué hacer con la piedra que guardaba en su puño cerrado. Yo la miraba recordando la advertencia de mis abuelos, pero mis pies parecían clavados al suelo. Entonces se aproximó a mí y, muy lentamente, la dejó caer sobre la palma de mi mano, que yo, sin darme cuenta, había abierto y extendido. Era la piedra más brillante que jamás había visto, sin una sola mancha ni línea de otro color, completamente blanca. Yo me quedé contemplando la piedra, inmóvil y mudo, hasta que ella comenzó a acariciarme la línea de la frente en la que nace el pelo, recorriéndola con la yema del dedo gordo de la mano que sostenía el cigarrillo, desde una oreja hasta la otra. Fue ahí, en ese instante, cuando eché a correr hacia la casa de mis abuelos, envuelto en una nube de aroma desconocido para mí.

En la siguiente ocasión en que visité a mis abuelos, apenas me dejaron salir a jugar me atreví a sentarme en los escalones de la entrada a la casa de la extranjera, y desde allí me esforzaba por descubrir ese olor tan particular que se me había quedado grabado en la memoria o, al menos, escuchar algo de lo que sucedía dentro que me permitiera conocer quién era esa mujer y qué hacía allí, al fondo de ese callejón, viviendo al lado de mis abuelos y, sin embargo, tan diferente a ellos. El único ruido que pude escuchar fue el del cerrojo antes de abrirse la puerta y verla aparecer con sus mechones rubios tapándole medio rostro y un vestido de color púrpura que dejaba al descubierto sus finos tobillos permitiéndome verle los pies con las uñas pintadas del mismo color. Me quedé mirándolos embobado, ya que por aquel entonces los únicos pies de mujer que había visto eran los de mi madre y mi hermana, y no tenía ni idea de que existiera esa costumbre entre algunas mujeres. Ella conocía mi nombre, sin duda debía habérselo escuchado a mis abuelos, y me ofreció un dulce que yo acepté encantado, pero en cuanto se dirigió a buscarlo dejando tras de sí el rastro de las gasas del vestido flotando en el aire, apareció mi abuela en mitad del callejón y, a gritos, me obligó a regresar a su casa no sin antes arrearme un pescozón justo al cruzar el umbral.

Nunca supe cómo se llamaba. Tampoco llegué a probar sus dulces. Parece que cuando lo estás pasando bien y sientes que estás lanzado y que todo va a irte genial y que si pasa algo ese algo solo puede hacer que todo vaya mejor, siempre sucede algo que te lo estropea. Es como cuando era pequeño, muy pequeño, ni siquiera había empezado a ir al colegio, y un día de verano me llevaron a la playa. Mi madre había llenado dos cestos de fruta y bocadillos y un termo muy grande de té frío, y mi padre los había cargado en la parte de atrás de la vieja furgoneta que mi tío le había prestado. Mi hermana ya había estado, antes de que yo naciera, y cuando llegamos, se bajó rápidamente del coche y se fue derecha a la orilla a meter los pies en el agua. La arena estaba muy caliente, quemaba los pies, pero yo corría descalzo como un loco con los brazos abiertos sintiendo la brisa del mar en todo el cuerpo. Mi madre me llamaba a gritos, pero yo no la escuchaba. Miraba al cielo y me creía una gaviota planeando en círculos sobre el agua, y claro, las gaviotas no atienden a las llamadas de las personas. Corría sin parar girando y haciendo eses hasta que choqué con aquel tipo barbudo que vendía relojes y caí al suelo. Todos los relojes se esparcieron por la arena y me empezó a sangrar la nariz. El tipo no dejaba de maldecir mientras recogía los relojes y los soplaba para quitarles la arena, y mi madre se asustó y ya no me dejó moverme de su lado en todo el día. Es como ahora, cuando la siento a mi lado, y quiero decirle: “Mamá, llévame de aquí”, y creo que esta vez sí me escucha, pero entonces se abre un pozo negro ante mí y todo se vuelve silencioso y oscuro, y ya no siento nada. Parece que la vida siempre te deja con las ganas.

Yo no sabía por qué, pero en el fondo de aquel callejón me sentía bien. En verano, cuando el sol más apretaba y era imposible encontrar a alguien en la calle, sentado en los escalones de aquella mujer se estaba fresco y se respiraba el olor de los geranios y la hierbabuena. Mi abuela me había advertido de lo que ocurriría si me volvía a pillar hablando con ella y yo tenía claro que eso no volvería a ocurrir porque aún recordaba el escozor del último pescozón. Sobre el muro frente a su puerta, una salamanquesa sesteaba a la sombra y yo, desde los escalones, probaba mi puntería arrojándole piedrecitas que la salamanquesa parecía ignorar, lo que hacía que yo siguiera insistiendo. Tan distraído estaba con mi tarea que no me di cuenta de su presencia hasta que me giré para buscar alguna piedrecita tras de mí. Ella estaba apoyada en el quicio de la puerta, con la larguísima falda roja entreabierta dejándome ver la piel lechosa y fofa de sus piernas hasta más allá de la rodilla. Yo me quedé mirándola sin saber qué decir y ella sonrió y le dio una calada a su cigarrillo. Se escuchaba el zumbido de un moscardón aproximándose y yo me di la vuelta para localizarlo. El moscardón voló por encima de mí y se dirigió directo hacia ella, que con un manotazo lo alejó de sí apartando los rizos rubios que siempre le cubrían el lado izquierdo de la cara. Me quedé pasmado. No podía creer lo que estaba viendo y ella, quizá sorprendida, quizá divertida, no lo sé, detuvo el gesto de tapar su rostro con el pelo que se había movido y dejó que la examinara a mi antojo. Jamás habría podido imaginar lo que ocultaban sus mechones. Alguna vez lo había pensado y se me ocurría que quizá una horrible marca de nacimiento o una horrorosa cicatriz fueran la causa de aquel peinado, pero no aquel ojo, tan distinto a su hermoso ojo verde. Jamás pude imaginar que una persona pudiera tener un pupila como aquella de color violeta rodeada de unas venas rojas tan sanguinolentas que parecía como si estuviera a punto de llorar sangre. Pero con todo, no era eso lo más extraño de aquel ojo ni lo que consiguió aterrorizarme hasta dejarme completamente paralizado y sin respiración. Fue apenas un instante tras la sorpresa inicial, pero duró lo suficiente para que pudiera advertir entre parpadeo y parpadeo cómo el círculo de color violeta de su pupila se estrechaba hasta convertirse en una fina línea vertical del mismo color, idéntica en su forma a las de los ojos del reptil que, adherido al muro, observaba con atención el vuelo del insecto.

El ruido de la llave en la puerta de mis abuelos me hizo apartar la mirada de aquel ojo y levantarme de un salto. Eché a andar hacia la casa de mis abuelos no sin antes volver la vista atrás. En la sombra, sobre la fresca pared del callejón encalada de azul, la salamanquesa se regodeaba deglutiendo al grueso moscardón.