Rutinas

Rutinas: ¿pensamientos recurrentes u observaciones circunstanciales? Al Sur: viaja donde la luz se esconde en la fresca sombra de la medina.

miércoles, 14 de junio de 2017

ANSELMO, EL PROTEGIDO DE DIOS

Y al final, fue el VIENTO. Como la promesa de un mundo nuevo, capaz de barrer los restos de la vieja civilización, el viento sopló durante siete días con sus noches disolviendo las nubes que habían cubierto el cielo y anegado la tierra durante tres meses eternos.

Todo empezó con la gran mancha solar. Anselmo llevaba días sospechando que un fenómeno extraordinario se avecinaba. Las vacas estaban nerviosas y asustadas, igual que en los tiempos lejanos en que los lobos las acechaban. Pero todo el mundo sabía que esos fieros animales habían sido exterminados; los últimos lo fueron por el simple gusto de darles caza. Su Pachu, noble y fiel mastín, también le alertó de que algo fuera de lo común estaba por acontecer. El  perro venteaba con la trufa apuntando a poniente, y el lomo se le erizaba como si adivinase que la brisa que descendía hacia el collado anticipaba pavorosos presagios. Luego, llegó la insólita mañana sin bruma en la que el astro
apareció tras las cumbres cubierto de una gran cicatriz oscura.

Sin nadie cerca a quien preguntar, el pastor quiso escuchar las noticias, enterarse por la radio de lo que estaba pasando, pero el transistor fallaba. Probó sin éxito a cambiarle las pilas y desplegó la antena, orientándola en todas direcciones, pero el aparato no volvió a funcionar. Imposible usar el móvil. Aunque todos los veranos se lo subía a la braña aconsejado por su mujer, en semejantes alturas era un objeto inútil, pues no había compañía que cubriera zonas tan altas. Quizá debiera haber bajado hasta alcanzar la carretera, desde donde habría podido llamar a casa y preguntar qué estaba pasando, pero, al irse el sol y cubrirse el cielo con una cortina de luz verdosa y fosforescente, comprendió que era demasiado tarde.

Aquella noche fue distinta e inolvidable para Anselmo, que contempló extasiado junto a su compañero de fatigas el  singular fenómeno. La aurora boreal descendió del cielo cubriendo desde los picos hasta el fondo del valle. La belleza del espectáculo les impidió conciliar el sueño y los dos fueron testigos de las misteriosas luces celestiales. Sentados sobre una piedra, el pastor acarició al perro diciéndole al oído que, si alguna vez tenían la oportunidad de contar lo que habían visto esa noche, nadie les creería.

Cuando amaneció, las extrañas luces se fueron, dando paso a un cielo cubierto de negras nubes de tormenta. La borrasca no tardó en desencadenarse furiosa, y una vorágine de relámpagos estalló espantando a las vacas que huyeron despavoridas. El olor metálico del aire trajo a Anselmo el recuerdo de su hijo, tan inteligente que, con apenas diez años, le había enseñado al padre que ese olor que se respira en la tormenta se llama ozono.  Estaba muy orgulloso de su Nando. Pensó que, si pudiera llamarle,  él tendría una explicación para lo que estaba pasando; al fin y al cabo era todo un profesor universitario, y no un pobre pastor que se había pasado la vida empujando ganado monte arriba y abajo.

Anselmo era el último de su profesión. El único que quedaba pastoreando vacas. Una reliquia viviente, dijo de él la periodista que subió en helicóptero hasta el collado el verano anterior para entrevistarle. Esa ya no era vida para nadie. Por eso se alegró el día que su Nando le contó que quería estudiar y alejarse de las montañas. Por eso se entristeció y lloró desalentado, al comprender que con él desaparecería una ocupación tan antigua como la propia humanidad.

Un día entero llevaban los relámpagos rasgando el cielo cuando comenzaron a caer las primeras gotas. A Anselmo no le gustaban las tormentas. Desde que era un crío, y empezó a subir el ganado a los pastos más altos, conocía bien lo peligrosas que podían ser cerca de las cumbres. Había vivido muchas, pero ninguna como esta. Estaba aterrorizado. Debía haber bajado el rebaño al valle buscando refugio, o haberse  acercado a la carretera más cercana a pedir ayuda. Pero eran casi diez horas de caminata y ya no había tiempo para ello. Una catarata de agua se les venía encima. Las vacas habían desaparecido. En medio del estruendo de la tromba se escuchaban sus horripilantes mugidos reverberando entre las peñas.

Anselmo se sintió vencido y deseó morir. Si aquello no era el fin del mundo, que bajase el mismo Dios y se lo dijera. Sin saber qué hacer, calado y ya sin fuerzas, sintió el tirón de Pachu en la manga del chaquetón, arrastrándole ladera arriba. Entre los torrentes y cascadas que violentamente buscaban el valle, el mastín fue indicándole el mejor camino, el único posible, hasta alcanzar el refugio de piedra cercano al pico que dominaba el valle. El perro le salvó la vida.

Fueron tres largos meses de soledad y de diluvio, en los que el incesante aguacero les impidió abandonar la protección de los muros más allá de lo imprescindible para buscar alguna o hierba o musgo que comer. Tres meses en los que Pachu le dió calor, tras acabarse la leña almacenada, y le despertó con sus ladridos cada vez que la desesperanza le invitaba a no salir del sueño.

Una madrugada cesó la lluvia y el viento sopló con fuerza barriendo los últimos nubarrones. Los dos, extenuados y enflaquecidos, salieron a descubrir el nuevo mundo surgido tras el desastre. No quedaba ni rastro del valle. El agua lo había llenado convirtiéndolo en un estuario que, al fondo, desembocaba en un nuevo mar. Anselmo cayó de rodillas y el perro se acercó a él. En un abrazo estrechó el pecho del animal, que había sido cálido y esponjoso, sintiéndole los huesos. Pachu se sacudió y de dos lametazos borró todas las lágrimas que corrían por la cara de su compañero. Después echó a andar, balanceando alegremente el rabo. Anselmo fue tras él, sin tener ni idea de a dónde se dirigían. Entonces, como una señal, le vino a la cabeza el significado de su nombre: Ans-Helm, «el protegido de dios».

miércoles, 7 de noviembre de 2012

EL OTOÑO QUE FUE


Cuando las nubes se derraman
y hasta el coraje de los más nobles
se enmohece
el otoño que fue
se extraña.

martes, 23 de octubre de 2012

DETRÁS DEL CRISTAL


¡Qué bien se ve la vida detrás del cristal! Al resguardo del viento y la lluvia. Hasta que alguien te dice que esa no es vida, que hay otro camino, que se puede escoger...

viernes, 12 de octubre de 2012

INSOMNIO (Nocturnos)


Ahora que por fin llega el otoño
echo de menos
las largas noches de insomnio
del verano.